¿QUIÉN NOS CUIDARÁ DE VIEJOS?
11/05/2026
Tecnologia
«La Tierra da lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada persona, pero no la ambición de cada una».
Gandhi
Durante décadas, el crecimiento poblacional fue considerado un indicador casi automático de progreso. Más personas significaban más manos, más producción, más consumo. Fue hasta el siglo XXI cuando se comenzó a desmontar esa relación. Entonces se empezó a hablar de sobrepoblación y, más importante, de sobreconsumo. Un fenómeno contradictorio que cada vez adquiere más atención, sin embargo, es el envejecimiento acelerado. La mancuerna entre menor natalidad y mayor esperanza de vida ha disminuido la proporción de la población en edad productiva, y se llega a una encrucijada: se necesita más gente joven para sostener la economía, pero más gente supone mayor presión sobre los recursos naturales del planeta.
Países como Japón, Alemania o Italia ya enfrentan una reducción sostenida de su fuerza laboral, acompañada de un aumento en el porcentaje de adultos mayores. En términos simples, cada vez hay menos personas trabajando y más personas dependiendo de ese trabajo. Este desequilibrio no es solo demográfico; es profundamente económico y social.
Ha habido grandes esfuerzos por generar soluciones que directa o indirectamente aminoren el problema. Por ejemplo, estudios de Acemoğlu y Restrepo (2021) han demostrado que el envejecimiento poblacional impulsa la adopción de tecnologías automatizadas. Cuando escasea la mano de obra, las economías responden sustituyendo trabajo humano por capital tecnológico, particularmente robots industriales. No es una elección ideológica, sino una respuesta estructural: donde faltan trabajadores, aparecen máquinas.
Esta sustitución tiene matices importantes. La automatización puede sostener, e incluso aumentar, la productividad. Investigaciones recientes muestran que, aunque disminuya la cantidad de trabajadores, el uso intensivo de tecnología puede compensar esa pérdida mediante un mayor capital por trabajador (Wu, 2025). Menos personas pueden producir lo mismo o más, siempre que estén acompañadas de suficiente tecnología. Sin embargo, este equilibrio aparente oculta un problema más profundo. La productividad no es el único pilar de la sociedad.
Otra necesidad, quizás menos visible, pero igual de crítica, es la del cuidado. Y ese sistema no se automatiza con la misma facilidad. El envejecimiento poblacional no solo implica menos trabajadores, sino también más personas que requieren atención cotidiana, movilidad, monitoreo de salud, compañía o asistencia básica. Tradicionalmente, estas tareas han sido realizadas por familiares o cuidadores humanos. Pero en una sociedad con menos jóvenes, esa red comienza a fracturarse.
Aquí es donde entra una de las apuestas tecnológicas más ambiciosas de nuestro tiempo: la robótica asistencial. Robots diseñados para ayudar a adultos mayores ya se utilizan en países como Japón, donde el déficit de cuidadores es crítico. Estos dispositivos pueden recordar medicamentos, asistir en la movilidad o incluso interactuar socialmente con los usuarios. Revisiones recientes señalan que estos sistemas pueden reducir la carga del cuidador y mejorar la autonomía del adulto mayor (Khaksar et al., 2023).
Pero conviene no caer en el optimismo tecnológico ingenuo. Los robots pueden asistir, pero difícilmente reemplazarán la complejidad del cuidado humano. El acompañamiento emocional, la empatía y la interacción social siguen siendo dimensiones profundamente humanas. Además, la implementación de estas tecnologías implica costos, infraestructura y capacitación que no todos los sistemas pueden absorber.
Más aún, incluso desde una perspectiva económica, la automatización tiene límites. Organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos han advertido que, aunque la tecnología puede mitigar los efectos del envejecimiento, no puede eliminarlos por completo (Daniele et al. 2019). Los sistemas de pensiones, salud y cuidado seguirán bajo presión, especialmente en países con menor capacidad de inversión tecnológica.
En países de ingresos medios y con alta desigualdad, como México, el escenario adquiere una complejidad adicional. A diferencia de economías altamente industrializadas, la adopción de robots y tecnologías avanzadas enfrenta limitaciones estructurales, como la baja inversión en capital tecnológico, la alta informalidad laboral y la fragmentación de los sistemas de seguridad social. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que en América Latina más del 50% del empleo es informal, lo que implica que una gran proporción de la población envejece sin acceso a pensiones ni servicios de cuidado institucionalizados. En este contexto, la disminución de la población joven no solo reduce la fuerza laboral, sino que también debilita las redes familiares que históricamente han sostenido el cuidado de los adultos mayores. A ello se suma que la robotización, lejos de expandirse de forma homogénea, puede profundizar brechas; mientras algunos sectores adoptan tecnología, otros permanecen rezagados.
Aunque correlacionados, el verdadero problema del mundo no es la sobrepoblación, sino la cultura occidental consumista. La tecnología facilita la vida, pero no la resuelve. Hay que cuidarnos de la apuesta ciega al desarrollo tecnológico; que no se vuelva una forma de evadir nuestras responsabilidades. Y cuando se implementa, no debemos perder de vista que la automatización sirve para mejorar la calidad de vida de la gente, para reducir el costo de los productos, para tener trabajos más dignos, y nunca para regalarle algunos centavos a las empresas. ([email protected])
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