EDUCACIÓN Y FELICIDAD

La felicidad constante no es un estado sostenible y menos realista


Pareciera por momentos que todos estamos en una especie de carrera persiguiendo algo que no sabemos, la cotidianidad nos alcanza a diario y estamos dentro de ella como en una especie de flujo interminable de sucesos que se combinan con decisiones profesionales, laborales, que son al tiempo personales. Flujo interrumpido -a veces- abruptamente cuando la vida termina.

Un punto de aparente coincidencia de todos es que buscamos estar contentos con lo que hacemos, buscamos quizás una especie de satisfacción que alimente la necesidad de sentirnos por momentos plenos. Pero, ¿qué es la plenitud? Alguien respondería sin dudar: es estar feliz con lo que se hace.

Entonces, todas las personas en este mundo o al menos en nuestro entorno inmediato, ¿perseguimos la felicidad?, ¿por qué aun no la alcanzamos después de tantos años de historia de la humanidad?, ¿por qué hay una aparente insatisfacción? Concretamente: ¿Por qué no somos del todo y todos felices?

Bueno, hay que decirlo. Sobre todo para el romántico trasnochado que gusta de vivir al margen de una realidad que quiere ignorar: la felicidad constante no es un estado sostenible y menos realista, es más bien un trabajo diario mediante el que buscamos equilibrio entre las obligaciones que vivir la vida nos impone y nuestras emociones, una sensación voluntaria de satisfacción y realización congruente con nuestra condición personal, social, económica y más una actitud producto de la comprensión de quiénes somos, dónde estamos y a dónde vamos -al menos en esta tierra-. En ese sentido la felicidad es más un viaje diario que un punto o destino a donde llegar.

Desde la antigüedad muchos han procurado definir la felicidad; desde los griegos hasta Bauman, sin embargo y no obstante los intentos de una opinión objetiva que abarque todas las posibles visiones de lo que es la felicidad, todo se reduce a abstracciones individuales que rápidamente degeneran en relativismo. Se termina por aceptar que la felicidad depende de cada persona; si asumimos entonces que la felicidad es relativa estamos aceptando implícitamente que cualquiera puede serlo, incluso el peor de los hombres, el criminal más despiadado podría "sentirse feliz" porque disfruta matar. Sin embargo, tal "felicidad" contradice todos los principios éticos sobre los que descansa la existencia humana, uno de ellos la preservación de la vida por todos los medios posibles, incluida por supuesto la ley.

En ese sentido, asumimos también implícitamente que la felicidad no es un estado permanente, sino temporal, dependiente de distintos factores, varios de ellos fuera del control del ser humano.

Lo más lógico que podemos concluir en estas condiciones es que podemos y debemos aprender a ser felices, no obstante y a pesar de cualquier circunstancia que rodee nuestras vidas; es decir, nuestro temperamento o estado de ánimo no puede estar a la deriva dependiente de que sucedan las cosas que nos producen felicidad, sino que decidimos estar contentos o felices en todo tiempo. No hablo de estoicismo o indiferencia por todo y de todo, sino de una clara conciencia de lo que sucede y a pesar de ello estar felices.

Quienes han tratado de medir la felicidad la han ligado indefectiblemente con la educación o nivel educativo de las personas; por razones de sobra que trataré de explicar, si describiéramos a la felicidad como una combinación de satisfacción y sentido de propósito, además de bienestar y calidad de vida, entenderíamos rápidamente el porqué de esa relación entre felicidad y educación, porque esta última proporciona conocimiento y habilidades que a su vez se relacionan con beneficios o satisfactores que se logran con nuestro desempeño profesional en la sociedad en que vivimos. En este punto habrá que decir que la educación tampoco es una panacea o solución universal a los problemas de la sociedad; sin embargo, sí es un factor clave en el progreso individual y social pues facilita el desarrollo personal y profesional, lo que trae consigo crecimiento económico, movilidad social, mayor y mejor comprensión del mundo que nos rodea,  y produce un pensamiento crítico, necesario para abordar los temas que nos afectan o interesan.

Sin embargo, no debemos pensar o concluir que la educación por sí sola puede abordar, explicar y resolver los desafíos que imponen la desigualdad existente en todas las sociedades, la profunda pobreza en varios sectores de la sociedad, así como los conflictos que ambos factores traen consigo. Son problemas complejos que exigen planteamientos de solución complejos, pero la Educación es quizás la mejor herramienta que tenemos para preparar a las generaciones actuales que enfrentan ya esos problemas, desde una perspectiva objetiva y con expectativas realistas; y que encontrarán en un futuro nuevos desafíos.

La educación idealmente debe ser de excelencia, más que de calidad, pues no hablamos de un producto que adquirimos en un mercado, sino que nos referimos a un derecho al que todos debemos tener acceso sin cortapisas.