Generación Sin Techo (II)
22/05/2026
La nueva crisis de vivienda en México
La demografía como sentencia.
En el caso de la vivienda México tiene todavía una población joven relativamente grande, pero su bono demográfico se está agotando. Las ciudades concentran cada vez más población en edad productiva que demanda vivienda justo cuando la oferta asequible es menor. Al mismo tiempo, los hogares se están reduciendo: más personas viviendo solas o en parejas sin hijos, lo que multiplica la demanda de unidades sin multiplicar la población.
La piedra de Sísifo para México es que la misma crisis de vivienda está acelerando la caída demográfica. Las parejas jóvenes en México posponen la maternidad o la cancelan, no principalmente por ideología, sino por economía. No hay espacio, no hay estabilidad, no hay proyecto de hogar posible. Un país donde tener un hijo significa comprometerse a décadas de renta o de hacinamiento familiar es un país que elige ya no reproducirse. Escenarios como el que vive hoy en día Corea y Alemania están a décadas, y no a siglos de distancia. La baja natalidad que ya preocupa a los economistas es la respuesta racional de una generación que no tiene dónde vivir.
Esperar que alguien muera para poder vivir
Hay algo moralmente perturbador en el modelo que hemos construido y que nadie quiere describir con esa crudeza.
En muchas familias mexicanas de clase media, la única vía real de acceso a la vivienda propia para los hijos es la herencia. Eso significa que para que una persona de 35 años pueda tener un patrimonio, necesita que sus padres mueran. Esa es la lógica concreta de un mercado donde el precio de entrada supera con creces la capacidad de ahorro de cualquier salario formal. Estamos volviendo a un sistema feudal, de reyes y príncipes.
Lo que eso produce en el tejido social es difícil de cuantificar pero fácil de reconocer. ¿Cuántas películas no narran las disputas patrimoniales de los herederos y como se fragmentan las familias? Adicional, hijos adultos que no pueden independizarse, no por falta de madurez sino de recursos. Parejas que no forman hogares propios. Proyectos de vida suspendidos indefinidamente. Una relación de dependencia económica entre generaciones que alarga artificialmente la infancia y pospone la construcción de vida adulta (y las personas preguntándose por que los hijos de más de 30 siguen viviendo con sus papás). Y debajo de todo eso, una culpa silenciosa: la de los padres que sienten que fallaron (y no, no fallaron), y la de los hijos que sienten que la única salida es esperar (bajo el sistema actual, pareciera ser la única forma).
Esa espera tiene nombre. Se llama riqueza transferida intergeneracionalmente, y es uno de los mecanismos más poderosos de reproducción de la desigualdad. Quienes tienen padres con casa heredarán casa. Quienes no, no. La brecha se hereda con el apellido. Lo más triste de todo esto es que esa herencia probablemente no aguante a la generación siguiente.
Quién gana con todo esto
No es una crisis sin beneficiarios, en el capitalismo actual las desgracias de unos son oportunidades para otros. Mientras millones no tienen dónde vivir, hay actores que prosperan con precisión.
Los grandes desarrolladores inmobiliarios, que administran la oferta con lógica oligopólica y no tienen incentivo alguno en abaratar lo que venden. Los fondos de inversión y los propietarios de múltiples inmuebles, que reciben rentas crecientes sin producir nada nuevo. Las plataformas de renta turística, que transforman la ciudad habitable en un mega-hotel para visitantes. Los gobiernos locales, que dependen del predial y de la inversión inmobiliaria para su viabilidad fiscal, y que por tanto tienen interés en que los precios suban. Y el sistema financiero, que gana en cada hipoteca, en cada crédito INFONAVIT, en cada refinanciamiento de deuda.
La vivienda cara no es el resultado de un mercado fallido. Es el resultado de un mercado que funciona perfectamente para quienes tienen el poder de diseñarlo, es problema es que el sistema nos enseño que la innovación es lo que genera oportunidades ¿Pero cómo se innova en un mercado donde para participar debes forzosamente tener riqueza que data a ya más de 4 generaciones?
Lo que nadie quiere decir
Resolver esto requeriría medidas que tocan intereses demasiado poderosos: gravar el suelo urbano de forma real y progresiva; regular la vivienda como inversión financiera; controlar la especulación; crear tenencia colectiva que saque el suelo del mercado especulativo permanentemente; reformar INFONAVIT para que sirva a los trabajadores y no a los desarrolladores.
Nada de eso ocurrirá sin una decisión política que enfrente a los propietarios que votan, a los desarrolladores que financian campañas y a los fondos que mueven capitales.
Pero el costo de no hacerlo también es político, aunque más lento y más difuso: una generación que no forma hogares, que no tiene hijos, que no acumula patrimonio, que espera herencias en lugar de construir futuros. Una sociedad donde el único activo real que se transmite es la propiedad de quienes ya la tienen, y donde el esfuerzo propio dejó de ser suficiente para acceder al bien más básico de la vida adulta.
Comprar una casa no es solo garantizar un techo, la casa es el lugar donde se decide la vida, donde los hijos crecen, donde usualmente nos despedimos de este mundo. Y cuando ese lugar se vuelve inaccesible para una generación entera, lo que está en crisis no es el mercado inmobiliario, es el contrato social donde el trabajo dignifica y permite orientar nuestra vida. Qué dignidad nos espera sin un techo propio.
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