OPINIÓN

PLANO TANGENTE
03/02/2026

APRENDER A SUFRIR

«La alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten».

José Saramago


El dolor ha sido parte inseparable de la condición humana, incluso antes de tener nombre. Las sociedades más primitivas ya coqueteaban con el concepto de la medicina al buscar formas de mitigarlo. En esa exploración temprana aparecen dos sustancias que, aunque hoy ocupan lugares muy distintos en el imaginario social, comparten una historia sorprendentemente paralela: los opiáceos y el alcohol.

El opio, extraído de la cápsula inmadura de Papaver somniferum (amapola), es probablemente el analgésico más antiguo documentado. Su uso está registrado desde hace más de cinco mil años en Mesopotamia, donde se le conocía como hul gil: "la planta de la alegría". Evidencias arqueológicas y textos médicos antiguos indican su empleo con fines terapéuticos y rituales en civilizaciones sumerias, egipcias y asirias. En la Grecia clásica, Hipócrates recomendaba preparaciones con opio para aliviar el dolor y tratar ciertos padecimientos, aunque advertía sobre los riesgos de su uso excesivo, una observación clínica notable para su tiempo (Brownstein, 1993).

El alcohol, por su parte, tiene una historia igual de antigua. La fermentación de frutas y cereales fue descubierta tempranamente y pronto adquirió valor medicinal y simbólico. En la antigüedad, el vino se utilizaba como analgésico ligero, sedante y antiséptico, especialmente en contextos donde no existían alternativas más eficaces. Durante siglos, fue uno de los pocos medios disponibles para atenuar tanto el dolor físico como el malestar emocional, y su uso médico está ampliamente documentado en textos grecorromanos y medievales (Rehm et al., 2017).

El gran punto de inflexión para los opiáceos ocurrió a inicios del siglo XIX, cuando Friedrich Sertürner logró aislar la morfina en 1804. Este hecho marcó el nacimiento de la farmacología moderna, al demostrar que los efectos terapéuticos de una planta podían atribuirse a una molécula específica y dosificable. A partir de ese momento se desarrollaron otros alcaloides naturales como la codeína y, más adelante, opioides semisintéticos y sintéticos como la heroína, la metadona y el fentanilo (Brownstein, 1993). Cada avance amplió la capacidad de aliviar el dolor, pero también incrementó el potencial de dependencia.

El alcohol siguió un camino distinto. Mientras los opiáceos entraban progresivamente en el ámbito médico regulado, el alcohol se integraba de manera profunda en la vida social, cultural y económica de muchas sociedades. Se convirtió en una sustancia legal, ampliamente aceptada y normalizada, pese a que sus efectos sobre el sistema nervioso central (incluida la alteración del juicio y la generación de dependencia) estaban bien documentados desde hace décadas (Rehm et al., 2017).

Desde un punto de vista fisiológico, los mecanismos de acción del alcohol y los opiáceos cuentan con varios paralelismos. Los opiáceos funcionan al unirse a receptores específicos distribuidos por el sistema nervioso, bloqueando así la transmisión de las señales de dolor y produciendo analgesia, sedación y, en algunos casos, euforia (Stein, 2016). El alcohol, aunque de forma menos selectiva, también interactúa con los receptores de opioides del cuerpo e interfiere en los sistemas de regulación de la actividad neuronal, lo que entorpece su funcionamiento y explica sus efectos ansiolíticos, sedantes y analgésicos leves. Ambos pueden deprimir el centro respiratorio, inducir tolerancia y generar dependencia cuando su consumo es prolongado.

A pesar de estas similitudes, el juicio social sobre cada sustancia ha sido profundamente desigual. Hoy resulta socialmente aceptable sugerir una copa de vino "para relajarse", mientras que el uso médico de opioides suele generar desconfianza, incluso en contextos clínicos donde son indispensables. Sin embargo, desde una perspectiva médica, los opiáceos siguen siendo insustituibles en situaciones bien definidas como el dolor oncológico avanzado, el trauma severo, la cirugía mayor y los cuidados paliativos. Por esta razón, la Organización Mundial de la Salud los incluye en su lista de medicamentos esenciales.

El alcohol, tras siglos de aceptación social, hoy se reconoce como uno de los principales factores de riesgo para carga global de enfermedad, asociado con cirrosis hepática, cáncer, trastornos cardiovasculares y problemas neuropsiquiátricos (Rehm et al., 2017). Sin embargo, su profundo arraigo cultural dificulta una regulación más estricta y una discusión pública proporcional a sus daños.

El problema contemporáneo no radica en la existencia de los opiáceos, sino en su prescripción indiscriminada en escenarios donde el beneficio es limitado y el riesgo elevado. La crisis de opioides en Estados Unidos ilustra cómo una sustancia terapéutica puede convertirse en un grave problema de salud pública cuando confluyen intereses comerciales, regulación deficiente y una cultura que busca eliminar cualquier forma de malestar de manera inmediata (Volkow y McLellan, 2016).

Los opiáceos y el alcohol han sido juez y parte del sufrimiento. No existen analgésicos ni drogas intrínsecamente buenas o malas; la ética de su uso es completamente relativa al contexto. Sin embargo, nuestra relación con el dolor, y con su alivio, sigue marcada por la prisa y la negación. Mientras no aprendamos a distinguir entre aliviar y ocultar, seguiremos repitiendo la misma historia, cambiando de sustancia, pero no de actitud.

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