OPINIÓN

Vicios privados. Virtudes públicas
03/02/2026

Vieja Cineteca

En la vieja Cineteca Nacional ubicada en Churubusco y Calzada de Tlalpan, en el antiguo Distrito Federal, la que se incendió durante el último año de gobierno de ese presidente que se autonombró el "último de la revolución mexicana", que prometió defender nuestra moneda "como un perro", que se ufanó de su nepotismo porque colocó en puestos clave a su hermana, a su hijo, a su primo, a su mejor amigo de la infancia, a -decían las malas lenguas- su novia, que le dio mucho poder a su cónyuge, que dejó viuda a una actriz de la época del cine de ficheras, que le pidió perdón al pueblo de México por haberle fallado, que creó la figura de los legisladores plurinominales, y que nacionalizó a la banca, tuve la oportunidad de ver una película que siempre que puedo la traigo a colación porque desde su mismo nombre resulta significativa para explicar y entender ciertas actividades del ser humano.

          "Vicios privados. Virtudes públicas", se llama el film, mismo que expone a la perfección el actuar de cierto tipo de gente perteneciente a la clase poderosa, actuar que en lo público es de una manera y en lo privado es de otra, y casi nunca coinciden en intención y en acción. De ahí la importancia de la cinta y de que ahora, en estos tiempos convulsos, la recuerde.

          Pero, ¿por qué recordarla? La respuesta es simple: por la aparición de un expediente altamente comentado y esperado, en el cual se mencionan los nombres de pura gente poderosa, con las características que esta clase tiene en el mundo occidental: multimillonarios, políticamente poderosos, de alcurnia, aristócratas, de buena cuna, de buenos colegios, políglotas, de derecha, sionistas, blancos, heterosexuales, de buena percha, de "buena fama pública", y cristianos.

          El "Archivo Epstein" contiene millones de páginas escritas, mensajes telefónicos, correos electrónicos, imágenes y cientos de videos, y es la memoria de un multimillonario que a lo largo de muchos años acumuló evidencias de sus relaciones y reuniones con los círculos más selectos de la clase poderosa del mundo occidental, y por tal motivo aparecen en él los nombres del presidente en funciones de la nación más poderosa del mundo occidental, de un par de ex presidentes de ese mismo país, de los empresarios más ricos del mundo, de un miembro de la realeza inglesa, y -para interés local- de dos personajes relevantes de la vida pública mexicana: 1.- el del empresario que la semana pasada tuvo que dar el primer pago de los impuestos que por más de una década se había negado a cubrir, y 2.- el del ex presidente de la república señalado por propios y extraños como el gran introductor del neoliberalismo en México.

          Pero aquí aparece una pregunta cuya respuesta es de vital relevancia: ¿por qué se pone el grito en el cielo al conocerse que el nombre de tal o cual personaje poderoso aparece mencionado en este archivo? Y la respuesta es simple: porque el archivo pertenece a un multimillonario acusado de violación y de ser líder de una red internacional de trata de personas y de pederastia. Simplemente por eso.

          Pero también se ha de aclarar que no por ser nombrado quiere decir que el personaje en cuestión haya tenido las mismas prácticas privadas que Jeffrey Epstein. Efectivamente, no. Pero lo que sí quiere decir es que los personajes mencionados llenaban el perfil necesario para -al menos- ser invitados a las reuniones que realizaba el grupo selecto y privado encabezado por Epstein, perfil que se sintetiza en las siguientes características: multimillonarios, políticamente poderosos, de alcurnia, aristócratas, de buena cuna, de buenos colegios, políglotas, de derecha, sionistas, blancos, heterosexuales, de buena percha, de "buena fama pública", y cristianos. Aunque solamente habría que demostrar jurídicamente que también compartían los gustos y las prácticas sexuales de Jeffrey Epstein. Y ese es el meollo del asunto.

          POSTDATA.- El primer proceso electoral en el que ya pude votar fue el de 1976, y el día de la jornada electoral me enfrenté a una boleta en la cual sólo aparecía una opción para la presidencia de la república: José López Portillo, candidato del entonces partido en el poder, el Partido Revolucionario Institucional —PRI—.

          Pero ese día también, como muchos mexicanos, yo sabía que existía otro aspirante al mismo encargo: Valentín Campa Salazar, representando al Partido Comunista Mexicano —PCM—, que no tenía registro oficial pero portaba décadas de lucha social y política, y por lo mismo obtuvo más de un millón de votos.

          Eso fue hace medio siglo años, y de ese día al de hoy ha pasado mucha historia nacional, misma que sintetizo en cinco puntos:

          1.- el PRI perdió/recuperó/perdió la silla presidencial, y si se descuida hasta puede perder el registro en la próxima elección;

          2.- el PCM obtuvo/cedió su registro oficial como partido político, y el heredero –PRD- lo perdió en la pasada elección;

          3.- López Portillo y Campa ya murieron;

          4.- el recuerdo del gobierno de López Portillo no es de lo mejor que digamos; y,

          5.- los restos de Campa descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres, en el Panteón Civil de Dolores, primer panteón no religioso de la capital del país.





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