OPINIÓN

ABRAZAR LO NUEVO
29/06/2026

Innovación

«Yo he preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado».

Silvio Rodríguez


Cuando escuchamos hablar de innovación, solemos pensar en países como Corea del Sur, Suiza, Alemania o Estados Unidos. Son naciones asociadas con nuevas tecnologías, empresas disruptivas, patentes y descubrimientos científicos. México, pese a sus reconocidas universidades, centros públicos de investigación, miles de investigadores y ser una de las economías más grandes del mundo, rara vez aparece en esta conversación. Como país somos una potencia manufacturera; fabricamos innovación, pero no somos sus dueños. ¿Por qué México no genera más innovación?

Uno de los principales factores es la inversión en investigación y desarrollo. Los países que hoy lideran la innovación mundial no llegaron ahí por casualidad. Corea del Sur invierte más del 4 % de su Producto Interno Bruto en investigación y desarrollo. México, en contraste, destina alrededor de 0.27 % de su PIB a estas actividades, una de las proporciones más bajas entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). El Índice Global de Innovación 2025 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) ubica a México alrededor de la posición 58 mundial y muestra que el país mantiene una inversión reducida en investigación respecto a otras economías competidoras (OMPI, 2025). En América Latina, Brasil, México y Argentina concentran el 88% de la inversión en I+D, dejando a los demás países solo con el 12%, lo que refleja una brecha significativa en la innovación regional (Arellano Morales, 2025).

La ciencia es costosa. Los laboratorios requieren infraestructura, equipos especializados, personal altamente capacitado y proyectos de largo plazo. Cuando la inversión es insuficiente, el avance tecnológico se vuelve lento y menos competitivo. La experiencia de Corea del Sur, Finlandia o China demuestra que la innovación no surge de manera espontánea; es el resultado de décadas de inversión estratégica y visión de largo plazo.

De cualquier modo, el dinero no explica cabalmente el fenómeno. Un estudio realizado por Castillo-Esparza y colaboradores (2022) encontró que el gasto en investigación y desarrollo influye significativamente en la generación de patentes en México, pero también identificó algo más profundo: el número de investigadores por sí solo no garantiza innovación. En otras palabras, no basta con producir conocimiento; es necesario convertirlo en productos, servicios, procesos o empresas capaces de generar valor económico y social. Este es un gran problema por el sistema de evaluación de la ciencia que realiza la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti).

Y aquí aparece una de las mayores debilidades del sistema mexicano de innovación: la desconexión entre universidades y sector productivo. Cada año se publican miles de artículos científicos elaborados por investigadores mexicanos. Muchos de ellos tienen calidad internacional. No obstante, una parte importante de ese conocimiento permanece dentro de revistas académicas, tesis o informes técnicos. Pocas veces llega al mercado, a los productores o a la sociedad en forma de nuevas tecnologías.

Los países más innovadores han construido puentes sólidos entre universidades, empresas y emprendedores. La investigación genera patentes; las patentes generan empresas; y las empresas generan riqueza, empleo y nuevas inversiones. En México, ese ciclo suele interrumpirse en algún punto del camino.

Existe además un factor cultural que pasa desapercibido. Durante décadas hemos educado a nuestros estudiantes para encontrar respuestas correctas. Sin embargo, la innovación rara vez surge de respuestas conocidas. Surge de preguntas nuevas. Los sistemas educativos más exitosos no solamente imparten conocimientos; también desarrollan creatividad, pensamiento crítico y capacidad para resolver problemas complejos.

La innovación requiere algo más que conocimiento, requiere curiosidad. También exige tolerancia al fracaso. En países con ecosistemas innovadores maduros, equivocarse forma parte del proceso. Muchas de las empresas tecnológicas más exitosas del mundo nacieron después de varios intentos fallidos. En cambio, en gran parte de América Latina seguimos asociando el error con incapacidad y no con aprendizaje.

Una vez esclarecida la pregunta de por qué México innova menos de lo que podría, sigue plantearse dónde se encuentra la innovación que aún no hemos desarrollado. Durante años hemos pensado que las grandes ideas nacen únicamente en laboratorios sofisticados o corporaciones multinacionales. Sin embargo, muchos de los desafíos más importantes del país siguen esperando soluciones, la escasez de agua, la adaptación al cambio climático, la producción sostenible de alimentos, la salud pública, la movilidad urbana o la conservación de los recursos naturales. Soluciones específicas al contexto del país que, por tanto, no se pueden calcar de otros lugares.

La sequía de innovación en nada se relaciona con falta de inteligencia o de talento. Más bien resulta de la deficiente planeación estratégica, de la desconexión academia-realidad y de la escasa comprensión del valor de la ciencia y la tecnología como motores de desarrollo. La verdadera innovación mexicana no surgirá copiando lo que hacen otros países, sino encontrando soluciones originales a los desafíos que conocemos mejor que nadie. La necesidad debe generar tecnología, y nunca al revés.

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