OPINIÓN

LO IMPORTANTE Y LO QUE SE IMPORTA
15/06/2026

México

«Para mi reina construí un paraíso que soñé, hermoso nido hecho de caña y de maíz».

Pablo Milanés


En 1980, México importaba relativamente poco maíz, poca carne y una cantidad importante pero manejable de productos lácteos. Cuatro décadas después, la situación es muy distinta. Hoy producimos más alimentos que nunca, contamos con mejores rendimientos agrícolas y pecuarios, disponemos de genética más avanzada, fertilizantes más eficientes y cadenas de suministro más sofisticadas. E incluso así, dependemos más que nunca de alimentos producidos fuera de nuestras fronteras. Esta contradicción amerita una reflexión cuidadosa.

El caso más emblemático es el maíz. La producción nacional del grano se ha logrado triplicar en los últimos cincuenta años, pasando de aproximadamente 9 millones de toneladas en 1970 a más de 27 millones en años recientes. Sin embargo, el consumo ha crecido aún más rápido. Para cubrir este déficit, México ha recurrido crecientemente a las importaciones, principalmente de maíz amarillo destinado a la alimentación animal. En 2020, cerca del 37 % del maíz consumido en el país provenía del extranjero (García-Matamoros et al., 2024).

El mexicano promedio consume alrededor de 196 kg de maíz al año, una de las cifras más altas del mundo y muy superior a la de la mayoría de los países desarrollados. No obstante, esta cantidad incluye no solo las tortillas, tamales, tostadas, atoles o botanas; también contempla carne, leche y huevo producidos con granos de maíz utilizados en la alimentación animal. Y aquí entra la sutileza. El consumo de carne ha mostrado una tendencia ascendente durante las últimas décadas y actualmente supera los 65 kg por habitante al año, impulsado principalmente por el aumento en el consumo de pollo y carne de cerdo. El crecimiento de las importaciones, entonces, no refleja una caída de la producción nacional, sino una sociedad que demanda cada vez más alimentos y, sobre todo, más proteína animal.

La explicación se encuentra en la transformación de la dieta y de los sistemas de producción. Conforme aumenta el ingreso de la población, también aumenta el consumo de proteína animal. Y para producir carne, leche y huevo se requieren enormes cantidades de granos. Aquí aparece una relación que pocas veces se discute. Cuando México importa maíz, en realidad también está importando alimento para bovinos, porcinos y aves. El maíz amarillo se ha convertido en uno de los pilares invisibles de la producción pecuaria nacional (Reyes et al., 2022).

La historia de los lácteos es similar. México es uno de los mayores importadores mundiales de leche en polvo. Diversos estudios han documentado que las importaciones de leche en polvo y derivados lácteos han aumentado durante décadas y han influido incluso en los precios pagados a los productores nacionales. En muchos casos, la leche que consumimos indirectamente proviene de vacas ordeñadas a miles de kilómetros de distancia (Espinoza-Arellano et al., 2019).

Con la carne ocurrió algo parecido. Durante gran parte del siglo XX, México fue prácticamente autosuficiente en varios productos pecuarios. Sin embargo, la apertura comercial y el crecimiento acelerado de la demanda provocaron un incremento sostenido de las importaciones, especialmente de carne de cerdo, pollo y algunos cortes de bovino. La producción nacional siguió creciendo, pero el consumo lo hizo aún más rápido.

Desde una perspectiva económica, esta situación tiene ventajas. Las importaciones permiten estabilizar precios, garantizar el abasto y aprovechar las ventajas comparativas de otros países. Gracias al comercio internacional, millones de familias tienen acceso a alimentos más baratos de lo que serían si todo se produjera exclusivamente dentro del territorio nacional. Pero también existen riesgos. La pandemia de COVID-19, los conflictos geopolíticos recientes y las alteraciones climáticas han demostrado que las cadenas globales de suministro no son infalibles. Cuando un país depende excesivamente de proveedores externos para productos estratégicos, se vuelve más vulnerable a fluctuaciones de precios, restricciones comerciales o problemas logísticos. Es un sistema de alta recompensa, pero también de alto riesgo.

La pregunta entonces no es si debemos importar o no. Ninguna economía moderna es completamente autosuficiente. La pregunta correcta es otra: ¿qué nivel de dependencia estamos dispuestos a aceptar en alimentos esenciales?

Hay múltiples enfoques que permiten lidiar con el abasto de alimentos de la población. Destinar más tierra a actividades agropecuarias y producir más toneladas sería, de hecho, la última alternativa. Lo verdaderamente importante es construir sistemas agroalimentarios más resilientes. Eso implica aumentar la productividad de los productores nacionales, reducir pérdidas poscosecha, mejorar la infraestructura de almacenamiento, fortalecer la investigación agropecuaria y aprovechar mejor nuestros recursos genéticos y ambientales.

Cuando nos sentamos a la mesa, pocas veces pensamos en el origen de los alimentos que servimos. Sin embargo, detrás de cada tortilla, cada vaso de leche y cada porción de carne existe una compleja red global de producción y comercio. Cada bocado es el resumen de un complejo contexto cultural, político y económico. Y debemos cuestionar la solidez de esa red. La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla, si mañana se interrumpiera el comercio internacional, ¿qué tan capaces seríamos de alimentarnos por nosotros mismos?

[email protected]

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web




DEJA UN COMENTARIO