OPINIÓN

EL CONTROL SOBRE LA VIDA
22/06/2026

Edición genética

«Seremos imperfectos, porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses».

Eduardo Galeano


La edición genética no es ninguna novedad. Por miles de años, la humanidad ha modificado plantas y animales mediante la selección. Elegíamos a los individuos más productivos o resistentes y permitíamos que transmitieran esas características a la siguiente generación. Era un proceso lento, guiado por la observación y, en buena medida, por el azar. Lo nuevo o resonador de hoy es " cómo" se hace la edición genética. La comprensión de la biología molecular ha dado pie a tratar al ADN como si fuera un llano lenguaje de programación.

La comparación puede parecer exagerada, pero incluso la comunidad científica emplea términos propios de la informática para describir procesos biológicos: "código genético", "programación celular", "circuitos genéticos". La biología sintética se basa precisamente en esta idea: diseñar secuencias genéticas en una computadora e introducirlas en células vivas para dotarlas de nuevas funciones (Karataş y Ayaz, 2025).

La tecnología ha progresado enormemente en unos pocos años. Los organismos genéticamente modificados de finales del siglo XX resultaban de la transferencia de uno o algunos genes. Ahora, es posible diseñar redes completas de genes, construir circuitos biológicos e incluso crear secuencias de ADN desde cero para que una célula ejecute funciones específicas (Thurm et al., 2025). En otras palabras, estamos pasando de modificar organismos a diseñarlos.

La revolución comenzó con tecnologías como CRISPR, una herramienta que permite localizar y modificar secuencias específicas del ADN con una precisión sin precedentes. Desde su desarrollo, CRISPR ha transformado la investigación biomédica, la agricultura y la biotecnología industrial, permitiendo corregir mutaciones, regular genes e introducir cambios genéticos de forma mucho más eficiente que las técnicas anteriores (Ansori et al., 2023).

Pero CRISPR es apenas el principio. La convergencia entre inteligencia artificial, automatización y biología sintética está acelerando el diseño de nuevos sistemas biológicos. La OCDE (2025) señaló recientemente que la integración de inteligencia artificial con biología sintética está creando una nueva generación de herramientas capaces de diseñar organismos, optimizar rutas metabólicas y desarrollar productos biológicos de manera mucho más rápida que los enfoques tradicionales. De hecho, ya existen sistemas experimentales en los que modelos de inteligencia artificial ayudan a diseñar experimentos de edición genética: seleccionan secuencias objetivo, plantean una hipótesis y proponen estrategias de edición.

Las aplicaciones potenciales son enormes. Muchos caso interesantes se dan en la agricultura en aras de conseguir cultivos más eficientes y renuentes ante el cambio climático y las nuevas plagas. Por ejemplo, trabajos recientes han modificado genes que regulan la fijación de nitrógeno en bacterias asociadas a las raíces del maíz, de modo que produzcan y liberen amonio para la planta y la fertilicen. Se ha demostrado que estos microorganismos pueden sustituir una fracción del nitrógeno químico en el maíz y reducir la dependencia a fertilizantes sintéticos. Lo revolucionario no es que generen nitrógeno asimilable, sino que tienen regulado cuándo y cuánto producir. En otras palabras, se reescribieron sus instrucciones biológicas para ejecutar una tarea agrícola específica.

La medicina ofrece panoramas igual o más impresionantes. En diciembre del 2023, la FDA aprobó la primera terapia médica basada en la tecnología CRISPR. El procedimiento consiste en extraer células madre del propio paciente, editar su ADN para corregir el problema genético responsable de la anemia falciforme y posteriormente reimplantarlas. Fue la primera vez que una autoridad regulatoria autorizó un tratamiento que utiliza edición genética CRISPR como parte central de su mecanismo de acción.

En la industria, microorganismos modificados ya producen medicamentos, enzimas, bioplásticos y compuestos químicos que anteriormente dependían del petróleo. Con la ingeniería metabólica incluso es posible que un organismo realice toda la secuencia de pasos para generar compuestos complejos. La producción de analgésicos opioides como la hidrocodona, que antes demoraba meses por el crecimiento de las amapolas, ahora se logra en unos pocos días dentro de levaduras modificadas genéticamente (Abate, 2015). La edición genética, a veces, solo agiliza las cosas.  

Si bien las aplicaciones son muy diversas, comparten un mismo principio: utilizar el ADN como un sistema de instrucciones que puede ser modificado para producir un resultado deseado. Sin embargo, cada avance trae consigo nuevas preguntas. ¿Quién será propietario de un organismo diseñado mediante inteligencia artificial? ¿Hasta dónde es aceptable modificar genomas humanos? ¿Qué regulaciones deberían existir para organismos sintéticos? ¿Podrían estas tecnologías concentrarse en pocas empresas o democratizarse para beneficio de toda la sociedad? Estas preguntas, además de filosóficas, son prácticas y urgentes.

Así como la naturaleza nos dio las piedras y la arena y nosotros hicimos las casas y los estadios, ahora estamos aprendiendo a usar el ADN para construir la vida. Y la primera imagen que puede llegarnos a la mente son atrocidades, bestias y distopías. Pero, en realidad, la biología sintética se ve más como una pequeña célula que genera pequeñas moléculas. La bioética debe resguardarnos de cualquier uso irresponsable u ofensivo del lenguaje de la vida. Sin ética, una solución es cualquier cosa menos una solución.

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