OPINIÓN

México frente a su fragilidad energética (I)
03/07/2026

infraestructura energética

La imagen de México en el 2026, no es solo un balance de combustibles: es un espejo del futuro. Muestra a un país que produce menos de lo que consume, opera con refinerías envejecidas y enfrenta una transición energética extensa y compleja. También confirma la urgencia de planear con claridad y sin ilusiones: la autosuficiencia no llegará pronto y los combustibles fósiles seguirán siendo parte de la vida nacional durante varias décadas. México difícilmente dejará de importar combustibles antes de 2040 o 2050, y tampoco abandonará por completo la gasolina y el diésel antes de 2050 o 2060. Lo que sí puede decidir desde ahora es cómo quiere recorrer ese camino, qué lugar busca ocupar en el mercado energético global y cómo preparará a su industria para un futuro inevitable, aunque todavía lejano. El país necesita menos triunfalismo y más diagnóstico; menos promesas sexenales y más ingeniería institucional. La energía no se resuelve con declaraciones, sino con infraestructura, reglas claras, inversión sostenida y una conversación pública capaz de distinguir entre deseo político y capacidad real.

México aparece en la fotografía energética de 2026 como un país que intenta sostenerse sobre una estructura que ya no responde plenamente a las exigencias del presente. Las cifras de mayo exhiben una realidad persistente: la producción nacional de combustibles no alcanza para cubrir la demanda interna, y las refinerías que deberían garantizar ese suministro operan con limitaciones estructurales. La gasolina regular cubre apenas 45% del consumo nacional; la premium depende casi por completo del exterior, y el diésel bajo azufre aún requiere importaciones constantes para mover transporte, industria y logística. Es un retrato de dependencia que se ha normalizado, pero que revela un problema profundo: México vive entre el pasado industrial que lo sostuvo durante décadas y un futuro energético que todavía no termina de construirse.

Las refinerías del Sistema Nacional de Refinación son el centro de esta historia. Madero y Minatitlán, con más de un siglo de operación, funcionan como piezas de museo que se resisten a dejar de latir. Salamanca, Tula, Cadereyta y Salina Cruz cargan décadas de desgaste acumulado, rehabilitaciones parciales y modernizaciones que nunca lograron recuperar la eficiencia perdida. Dos Bocas, la refinería más joven, intenta incorporarse a la operación nacional, pero su curva de aprendizaje es larga y su capacidad real aún está lejos de la promesa inicial. En conjunto, estas plantas producen lo que pueden, no lo que México necesita, y esa diferencia se ha convertido en una brecha que aumenta cada año.

La imagen muestra que el país produce 311 mil barriles diarios de gasolina regular frente a un consumo de 690 mil. La premium es aún más crítica: 25 mil barriles frente a 235 mil. El diésel bajo azufre alcanza 213 mil barriles frente a una demanda de 320 mil. La importación no es un complemento, sino un pilar del sistema. Sin ella, el país se detendría en cuestión de días. Esta dependencia no es accidental: es resultado de décadas de inversión insuficiente, decisiones políticas que privilegiaron otros sectores y una transición energética global que avanza más rápido que la capacidad de adaptación de la infraestructura mexicana.

(– Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos)

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web




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