OPINIÓN

¿CÓMO LLEGARON LOS INVASORES?
13/07/2026

Invasores

«¿Es inocente el hombre cuando no sabe?, ¿un idiota que ocupa el trono está libre de toda culpa sólo por ser idiota?».

Milán Kundera


La historia de la ciencia está llena de grandes aciertos. Pero también de decisiones que parecían brillantes y terminaron generando problemas mucho mayores que aquellos que buscaban resolver. Muchas especies invasoras tienen su origen en estos errores; y aunque se consideran una grave amenaza para los ecosistemas a nivel mundial, pocas se han estudiado con suficiente detalle para identificar las vías, la magnitud y la duración de su impacto en la biodiversidad autóctona. En agricultura y ganadería existe una larga lista de especies introducidas con la intención de aumentar la producción, controlar plagas o mejorar los ecosistemas. Algunas fueron un éxito rotundo. Otras se transformaron en verdaderos dolores de cabeza que todavía cuestan miles de millones de dólares cada año.

Quizá uno de los casos más famosos ocurrió en Australia. En 1935 se introdujo el sapo de la caña (Bufo marinus) para controlar escarabajos que dañaban los cultivos de caña de azúcar. La lógica parecía impecable, un anfibio insectívoro acabaría con la plaga. Sin embargo, los escarabajos vivían en la parte alta de las plantas, donde los sapos prácticamente nunca llegaban. En cambio, a nivel del suelo, los sapos encontraron abundante alimento, carecían de depredadores naturales y comenzaron a expandirse por millones. Hoy ocupan gran parte del norte australiano y su potente veneno ha provocado el declive de serpientes, lagartos, cocodrilos y marsupiales nativos. Lo más irónico es que estudios posteriores demostraron que nunca existió evidencia de que hubieran reducido significativamente la plaga que justificó su introducción (Shine, 2010).

Otro ejemplo ocurrió en Hawái y varias islas del Caribe. Para combatir las ratas que dañaban los cañaverales se introdujo la mangosta india (Urva auropunctata). El plan tenía un pequeño detalle que nadie consideró: las ratas son principalmente nocturnas, mientras que las mangostas son diurnas (Dabholkar and Devkar, 2020). Por tanto, la superposición temporal entre depredador y presa fue mínima. Las ratas continuaron reproduciéndose, mientras que las mangostas encontraron presas mucho más accesibles: aves que anidaban en el suelo, reptiles y anfibios endémicos.

Algo similar sucede actualmente con los búfalos asiáticos (Bubalus bubalis) en algunas regiones de Brasil. Fueron introducidos porque podían producir carne y leche donde el ganado bovino tenía dificultades para sobrevivir, especialmente en humedales amazónicos. Desde el punto de vista pecuario fueron un éxito extraordinario, hoy sostienen la economía de miles de productores y Brasil posee una de las mayores poblaciones bufalinas del continente. Sin embargo, allí donde las poblaciones escaparon del manejo humano, diversos estudios han documentado compactación del suelo, alteración de humedales y cambios en la vegetación de áreas naturales protegidas. El problema no es el búfalo, sino la pérdida del control sobre una especie extremadamente adaptada al ambiente (Carvalho Jr et al., 2021).

Uno de los casos más costosos es también el más ridículo. En 1859 se liberaron apenas 24 conejos europeos en Australia para practicar la cacería deportiva. Y como el dicho popular anuncia, menos de un siglo después la población excedía los cientos de millones. Consumieron la vegetación nativa, aceleraron la erosión del suelo, favorecieron la desertificación y alteraron profundamente los ecosistemas. Aún hoy, pese su control mediante virus, siguen representando uno de los mayores problemas ambientales del país (Cooke, 2012).

Los casos con vegetación invasora son igual de drásticos. El niaulí (Melaleuca quinquenervia), oriundo de Australia, fue introducido a principios del siglo XX en Florida, Estados Unidos, para drenar pantanos, estabilizar suelos y utilizarse como planta ornamental. Lejos de lo esperado, el árbol se propagó rápidamente por los humedales de los Everglades, formando bosques densos que desplazaron a la flora nativa, alteraron el régimen hidrológico y redujeron la biodiversidad. Actualmente es una de las especies arbóreas invasoras más problemáticas de la región y su control ha requerido programas de manejo biológico y mecánico durante décadas (Van Driesche and Center, 2013).

Por supuesto, también existen casos de éxito menos sonados. En Australia, la introducción controlada de escarabajos estercoleros procedentes de África y Europa permitió acelerar la descomposición del estiércol bovino, disminuir poblaciones de moscas y mejorar el reciclaje de nutrientes, con impactos ambientales positivos y mínimos efectos sobre la fauna nativa. La diferencia fue que antes de su liberación se realizaron extensas evaluaciones ecológicas y pruebas de especificidad (Nichols et al., 2008).

Estos casos nos dejan varias lecciones que trascienden lo llanamente agropecuario. En primer lugar, nada ocurre de forma aislada; toda innovación repercute en la dinámica de un sistema complejo que rara vez comprendemos. En segundo lugar, la naturaleza opera en el gran esquema de las cosas. Nosotros solemos pensar en la siguiente cosecha o el siguiente sexenio. Los ecosistemas, en cambio, responden durante décadas o siglos. Y lo anterior lleva a un tercer aprendizaje: este tipo de decisiones no se deben tomar a la ligera.

La calidad de una solución se mide en sus años de vigencia. Entonces la verdadera novedad sería la humildad y sensibilidad para preguntarnos qué impacto podríamos generar en cincuenta años.

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