EL CORTEJO EN LAS PLANTAS
27/07/2026
Abejas
«no persigas a la mariposa, cuida el jardín para que solita venga».
Dicho popular
Durante mucho tiempo imaginamos a las plantas como organismos silenciosos y pasivos. Crecen, producen hojas, florecen y esperan pacientemente a que el viento o algún insecto transporte su polen. Los animales, en cambio, observan, escuchan, deciden y se desplazan. Esa separación aparentemente clara comienza a desdibujarse. La investigación científica muestra que las plantas perciben mucha más información de su entorno de lo que habíamos supuesto. Algunas flores, incluso, parecen detectar la llegada de sus polinizadores.
¿Significa esto que las flores escuchan a las abejas? La respuesta depende de lo que entendamos por escuchar. Las flores no tienen oídos, cerebro ni sistema nervioso. Tampoco existe evidencia de que experimenten sonidos de manera consciente. Pero sí pueden percibir vibraciones mecánicas y responder fisiológicamente a ellas. En ese sentido, una flor puede detectar una señal producida por el vuelo de un insecto y modificar rápidamente su funcionamiento.
Un experimento especialmente interesante fue publicado en 2019 en la revista Ecology Letters. Un equipo de investigadores trabajó con la onagra costera, Oenothera drummondii, una planta de flores amarillas, amplias y con forma de plato. Los científicos reprodujeron cerca de las flores grabaciones del vuelo de abejas y otros insectos polinizadores (Veits et al., 2019).
En pocos minutos ocurrió algo inesperado, aumentó la concentración de azúcar en el néctar. Las flores expuestas a sonidos de frecuencias similares a las producidas por las alas de los polinizadores ofrecieron una recompensa más dulce. En cambio, no reaccionaron de la misma manera ante sonidos de frecuencias mucho más altas.
El resultado no parecía depender simplemente de que hubiera ruido. La respuesta era selectiva. Cuando los investigadores dirigieron un láser hacia los pétalos, comprobaron que estos vibraban al recibir los sonidos de baja frecuencia. La estructura de la flor parecía funcionar como una especie de antena parabólica capaz de captar las vibraciones del aire.
Cuando algunos pétalos fueron retirados, la capacidad de la flor para vibrar se redujo. Esto llevó a los investigadores a proponer que la forma de la flor no sólo pudo haber evolucionado para atraer visualmente a los polinizadores, sino también para recibir las señales mecánicas que anuncian su proximidad.
Desde el punto de vista evolutivo, la reacción tiene sentido. Producir néctar cuesta energía y agua. Mantener permanentemente una alta concentración de azúcar podría representar un gasto innecesario y también atraer organismos que consumen el néctar sin transportar polen. Para la planta sería más eficiente mejorar la recompensa justo cuando un polinizador se encuentra cerca.
La flor estaría actuando como un pequeño comercio que prepara su mejor producto al escuchar que se aproxima un cliente. Un néctar más concentrado puede hacer que la abeja permanezca más tiempo, recuerde la especie y visite otras flores semejantes. De esa forma aumenta la probabilidad de que el polen llegue a otra planta y ocurra la fecundación.
Sin embargo, conviene conservar una dosis de prudencia. El experimento demostró una respuesta en una especie particular y bajo condiciones controladas. Todavía falta conocer qué tan extendido está este fenómeno, cuáles son los mecanismos celulares involucrados y cuánto influye realmente en la reproducción de las plantas en condiciones naturales. Las revisiones científicas recientes reconocen que existe evidencia creciente de respuestas vegetales a vibraciones sonoras, pero también advierten que los métodos experimentales deben estandarizarse y que aún no se comprende completamente cómo las células transforman una vibración en una respuesta bioquímica (Ali et al., 2024).
Esta relación entre flores y vibraciones no es completamente nueva. En la llamada polinización por zumbido, abejorros y algunas abejas sujetan las anteras de ciertas flores y contraen rápidamente los músculos utilizados para el vuelo. La vibración sacude la flor y libera el polen retenido dentro de estructuras semejantes a pequeños tubos.
Este mecanismo aparece en plantas como el tomate, la berenjena, el chile y algunas especies de arándano. La abeja melífera común no realiza adecuadamente esta maniobra, mientras que numerosos abejorros y abejas nativas sí pueden hacerlo. La cantidad de polen liberado depende de características como la frecuencia, la amplitud y la forma en que la vibración se transmite por la estructura flora (Nature Plants 8(8):859-859).
La flor, por tanto, no es un simple adorno colocado al final de una rama. Es una estructura reproductiva altamente especializada. Su color refleja determinadas longitudes de onda; su aroma libera mensajes químicos; su forma selecciona qué animales pueden entrar; su néctar regula la recompensa, y sus tejidos pueden transmitir o captar vibraciones.
Más que hablar de plantas que oyen, quizá deberíamos hablar de organismos que perciben el mundo de otra manera. Los animales dependemos de órganos especializados, ojos, oídos, nariz y cerebro. Las plantas distribuyen su capacidad sensorial entre células y tejidos. Detectan luz, gravedad, humedad, temperatura, contacto, sustancias químicas y vibraciones, y ajustan su crecimiento o metabolismo en respuesta a esas señales.
Decir que las flores "sienten" a las abejas es una metáfora atractiva, siempre que no la confundamos con una emoción o una experiencia consciente. Lo científicamente fascinante no necesita exagerarse: una flor sin oídos puede percibir el zumbido de un insecto, vibrar con él y, pocos minutos después, hacer más dulce su néctar.
Tal vez el jardín nunca estuvo en silencio. Éramos nosotros quienes todavía no sabíamos cómo escucharlo.( [email protected])
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