OPINIÓN

Poder Político
06/07/2026

Cisma

La dicotómica memoria tiene historia y también es conveniente cuando esta es manipulada según el interés de quienes desde la burbuja de una convulsa elite se pelean por la supremacía de lo público, con el valor agregado tecnológico digital de las «benditas redes sociales», asociada a la Inteligencia Artificial para propalar sus narrativas cargadas con mucho de medias verdades y medias mentiras, las «Fake News» referido ya con regularidad en las recientes décadas, aunque en los hechos ha sido una constante sobre todo cuando se trata de la puja electoral por el acceso al poder gobernante ejecutivo y legislativo.

Las «Fake News» serán una vez más el común denominador que marcaran las macro elecciones que avecinan en exactos 11 meses, para ser precisos el 6 de junio de 2027 cuando «por voluntad popular» se votará para renovar constitucionalmente 17 gubernaturas, así como todo el país con presidencias municipalidades y/o diputaciones locales, además de las 500 del ámbito federal.   

La psicología moderna ha demostrado que el fenómeno detrás de repetir con vehemencia una mentira adquiere el estatus de verdad entre el colectivo social que carente de criterio a diario escucha esta retórica de entre los actores públicos. En psicología cognitiva se le conoce como el «Efecto de Ilusión de Verdad».

Quién no ha escuchado que «Una mentira dicha mil veces se convierte en verdad», atribuida históricamente a Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania durante el régimen Nazi de Adolfo Hitler. Sin embargo, el líder presidencial ya había desarrollado una idea similar en su libro Mi lucha, que data de1925. Allí acuñó el concepto de la "Gran Mentira".

Hitler argumentó que la gente común es más propensa a creer una mentira enorme que una pequeña, porque ellos mismos a veces dicen mentiras pequeñas, pero les daría demasiada vergüenza distorsionar la realidad a gran escala. Por lo tanto, pensaba que una mentira colosal, si se mantenía con firmeza, sembraría la duda incluso después de ser desmentida.

La falaz política que se ejerce en México se rige en estricto sentido por los actores públicos, esa que baja de la polarizada burbuja de quienes dominan hacia todo el ecosistema que sólo replica. La máxima Nazi ha trascendido todos los tiempos y circunstancias, incluida la actualidad, no exclusivo de México, escalando a la geopolítica.   

En el México inmerso en elecciones las narrativas de las medias verdades y medias mentiras entre víctimas y villanos iniciaron antes de que por obviedad entre frentes desbocados anunciaran la asignación de sus embozadas candidaturas en campaña anticipadas, fuera del inicio del proceso ordinario que en el caso del Instituto Nacional Electoral acontecerá durante la primera semana del ya próximo septiembre.

Lo atípico que técnicamente transgrede la Constitución y las legislación electoral debe invalidarse por el Instituto Nacional Electoral y secundado por la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Ambas autoridades deben obligarse a asumir la omisión o consentimiento porque se pisoteen los principios democráticos rectores, sobre todo de «Certeza, Legalidad, Imparcialidad, Independencia, Objetividad y Máxima Publicidad»; en automático la actitud de apatía les hace cómplices al permitir que se enturbie una función pública que se les tiene confiada desde lo constitucional.

Las concurrencia de las macro elecciones estas sí genuinamente las más complejas en la historia de México que no admiten discusión, igual no tienen por qué permitirse que se les viole este andamiaje del Estado de Derecho al amparo de la impunidad, cuando en la contrariedad todos los jugadores, partidos políticos y candidaturas, exigen que haya piso parejo, reglas claras, que se aplique el Estado de Derecho.

La doble cara de la inmoralidad entre los jugadores no les da margen alguno a comprometerse al ideal de una competencia electoral sobre el entramado de la democracia, habida cuenta que ancestralmente nadie está dispuesto a aceptar la derrota y sí buscar incluso forzar un triunfo aun así sea con oscuras ilegalidades; para abrir el paso a una  compartida suspicacia que les consume a la partidocracia y a sus candidaturas.

En el anecdotario y aniquilado de a poco queda una progresiva estructura electoral que tuvo su génesis con la reforma constitucional y legal de 1977, al abrir de inicio a la pluralidad la competencia por el acceso al poder, de unos cuantos a una cascada de organizaciones civiles constituidas en partidos políticos; luego un órgano ciudadano autónomo y un servicio profesional de carrera, credencial para votar con extremas medidas de seguridad, la reglamentación de los órganos locales. Nadie respeta las reglas de la competencia. Los intereses fácticos mandan.

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